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Así es recorrer el Amazonas de Perú, partiendo desde Iquitos

Por Guido Piotrkowski

30 de julio de 2019

Crónica de una travesía de tres días a bordo del Delfín, una embarcación exclusiva, para descubrir la selva sin perder la elegancia

El horizonte parece un daguerrotipo, sin contrastes ni profundidad. No todo es color esmeralda en el Amazonas de Perú. Tampoco marrón. Ni siquiera verde. Hoy, por ejemplo, es gris. Hay una bruma espesa que permanecerá flotando, inalterable, hasta media mañana. Toda la humedad de la cuenca de agua dulce más grande del planeta parece condensarse en este río que devuelve el reflejo pálido de una jungla a la que siempre había imaginado radiante.

Es la selva que ahora descubro a bordo del Delfín, una embarcación hecha a medida para quienes quieran descubrir el Amazonas sin despeinarse. Un crucero para aventureros de lujo que zarpa desde la legendaria ciudad de Iquitos, en Perú.

El Delfín tiene tres pisos de madera, estilo rústico-chic, con habitaciones amplias y ventanales enormes para que el pasajero no olvide nunca donde está. La jungla es excesiva, descomunal, voraz. Habrá que transpirar y embarrarse un poco –apenas lo necesario-, pero dormiremos con aire acondicionado en suites confortables como las de un hotel cinco estrellas. Comeremos como en los mejores restaurantes citadinos y beberemos all inclusive whisky, vodka, cerveza y aperitivos locales como el «Delfín Drink», hecho con jugo de cocona, o «Camu Camu Sour», elaborado con otra de las cientos de frutas silvestres propias de esta selva desmesurada que se expande por ocho países: Brasil, Perú, Colombia, Bolivia , Ecuador, Venezuela, Guyana y Surinam.

Los bichos de Euclides

Ahora debo saltar de la cama, tomar un desayuno exprés, y abordar de inmediato una de las lanchas que me llevarán, junto a los otros quince pasajeros, en la primera excursión, guiados por Rudy y Reny, nativos del Amazonas.

Nos detenemos en las inmediaciones de la comunidad San José, donde nos recibe Euclides. El joven es moreno, su cabello es lacio y azabache y lleva una camisa verde y desteñida. Saluda y desaparece. «Esta es la Pona Palma, que fue utilizada con muchos fines por los nativos – explica Reny, señalando la palmera-. Es una madera muy suave, y la usaban para hacer el piso de las casas», dice. Euclides vuelve, repentinamente, con un escorpión.

«Pica, pero no es venenoso», asegura Reny. Euclides se va y regresa de inmediato, ahora trae una tortuga acuática. «La gente se la come -interviene Reny-. Como cualquier cosa que se mueva en la selva es comestible. Están protegidas, pero…» Avanzamos con cautela. Reny señala unas heliconias. «Hay un ecosistema muy pequeño ahí. Puedes encontrar sapos, insectos y hasta víboras», explica el guía mientras Euclides vuelve al trote, ahora con una víbora enroscada en un tronco. «Es una anaconda», balbucea, y la toma de la cabeza. Seguimos adelante, Reny se detiene ahora frente a un árbol de caucho, y explica que el boom comenzó en Iquitos, en 1880.

Volvemos al Delfín, hambrientos. Por suerte espera un almuerzo exquisito y una siesta reparadora para afrontar una incursión en kayak al atardecer.

Amazonas en el Amazonas

Hasta ahora, vimos aldeas al pasar, construcciones precarias con techos de paja a la vera del río. Vimos pescadores lanzando y recogiendo sus redes y pobladores viajando a bordo de los peque-peque, unos botes de madera que son el medio de transporte más popular en este mundo fluvial. La Amazonía es el hogar de diversas etnias que viven de la agricultura de subsistencia: pescan, cazan, siembran maíz, porotos y recogen bananas.

Algunas comunidades se ven favorecidas por el turismo, como las que son visitadas por los pasajeros del Delfín. En este caso, nos detenemos en una que se llama, curiosamente, Amazonas. En esta aldea viven unas trescientas personas en casas de madera, pintadas de azul o verde agua. Unas tienen techo de paja y otras ya lo reemplazaron por el de chapa.

La maloka es el quincho comunal, el espacio donde se toman las decisiones comunitarias, y donde ahora un puñado de mujeres y niños esperan con sus artesanías: platos, recipientes, bandejas, y muñecas hechas con fibras y maderas autóctonas. Hay tiempo suficiente para ver y comprar artesanías, visitar el jardín de infantes, entablar pequeños diálogos con los pobladores, los niños y su maestra. Intentar comprender como transcurre la vida en medio de la selva.

Se ve el caimán

Todos los días deparan alguna sorpresa. Ya brindamos con Camu Camu sour a nuestro paso por la unión de los ríos Ucayali y Marañón, donde nace el río Amazonas, que discurre 700 kilómetros hasta Tabatinga, en la frontera brasileña. Desde ahí, el caudal sigue su curso de más de 4 mil kilómetros hasta desembocar en el Océano Atlántico. Ya nadamos a pesar del miedo a las pirañas. Ya vimos al Jabirú, un ave señorial. Ya descubrimos a los monos capuchinos, los monos ardilla y los monos nocturnos. Ya avistamos garzas de todo tipo, gavilanes, osos perezosos y el famoso delfín rosado, que es mucho más grande que el de mar. Pero aún no vimos caimanes ni manatíes, que son muy complicados de encontrar porque se esconden. Partimos en busca del lagarto sudamericano antes del poniente, surcamos un canal y nos adentramos en un estero. Navegamos lentamente y en silencio.

El guía viaja de pie, alumbrando con una linterna desde la proa. «!Ahí ahi!», repite, pero a los forasteros nos cuesta encontrarlos. Hasta que, al fin, le ordena al capitán una maniobra rápida. Cuando la embarcación se detiene en la costa, el guía no duda: sumerge sus pies en el agua, y, temerario, sorprende al caimán. En un solo movimiento lo toma del cuello y la cola, y lo sube a la lancha. El caimán no ofrece resistencia a las garras del guía, que lo alza y enseña como el trofeo más preciado, e invita a posar para la foto. Los flashes chispean en la noche cerrada del Amazonas.

Más info:
www.delfinamazoncruises.com
www.peru.travel