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22/02/20   |   Viajes

Cuatro destinos imperdibles para visitar en Cuba: la isla sin tiempo

Además de La Habana, hay otros lugares que uno debe visitar en este país del Caribe: Trinidad, Camagüey y Santa Lucia. Para combinar playas, historia y cultura

Guido Piotrkowski Redacción
Guido Piotrkowski

El 16 de noviembre de 2019 La Habana cumplió 500 años de su fundación, y aunque en su cotideaneidad, en sus construcciones, en su palpitar, todo permanece – casi – como antaño, la capital cubana es la ciudad donde flamean los vientos de cambio. La llegada de internet -a paso lento-, el deshielo de las relaciones con Estados Unidos y el recital de los Rolling Stones, son hitos que fueron marcando la transición en esta isla que parece haber quedado anclada en la mitad inicial del siglo pasado, aunque ya ostente trazos de capitalismo incipiente.

La Habana fue fundada por el adelantado Diego Velázquez, y nombrada originalmente como Villa de San Cristóbal de La Habana. Aquella historia sucedió en 1514, pero fue recién el 16 de noviembre de 1519, cuando se ofició la primera misa y el primer cabildo en el lugar que ocupa El Templete -un monumento que justamente recuerda su fundación, ubicado en la plaza de Armas de la Habana Vieja – que se oficializó aquella fecha. La Habana pasó a ser entonces la séptima villa creada por los colonizadores españoles en Cuba.

Para el programa de celebraciones por el medio mileno se hicieron reformas en el Mercado de Cuatro Caminos, la Estación Central de Ferrocarriles, la tradicional heladería Coppelia y el museo del Ferrocarril de Cuba. Se trabajó en el rescate del Castillo de Santo Domingo de Atarés, del Palacio Conde de Jaruco, de la Casa Museo Alejandro Humbolt. Además, se inauguró un monumento a Nelson Mandela.

Pero la obras emblemática es la culminación de la restauración del Capitolio Nacional, de su cúpula -que trepa a más de noventa metros de altura- y la apertura de sus salas. Diseñado por los arquitectos cubanos Raúl Otero y Eugenio Rayneri Piedra, fue construido a imagen y semejanza del de Washington, con una escalinata monumental adornada con esculturas de bronce realizadas por el artista italiano Angelo Zanelli. La compleja obra de este edificio inaugurado en 1929 se inició en 2010.

Pero más allá de los festejos y reformas, en La Habana hay que caminar, perderse por ahí, con tiempo. La Habana es el Museo de la Revolución y la Plaza de la Revolución, iconos fundamentales para comprender la historia local. La Habana se paladea a paso lento y a los lugares se llega preguntando. Nada de Google Maps ni Waze. Acá no hay 4G ni 3G ni 2G. Para entrar a Internet hay que comprar una tarjeta, raspar el código, y acercarse a uno de los puntos donde hay acceso mediante la señal de Wi fi pública, en general ubicados en las plazas principales y las esquinas más transitadas.

El centro histórico, esa joya de la arquitectura colonial caribeña, zigzaguea entre edificios reacondicionados, en vías de, y otros que parecen a punto de desmoronarse. En el Floridita -el bar donde solía beber Ernest Hemingway- y en la Bodeguita del Medio, los turistas beben para la foto y los mojitos salen como pan caliente.

La Habana es también el Callejón de Hamel, un pasaje transformado en galería de arte y centro cultural al aire libre, con murales del pintor Salvador González Escalona, ubicado en el barrio Cayo Hueso, en Centro Habana.Es un rincón donde cada domingo se dan cita los cultores de la religión afrocubana, con demostraciones de baile y música, acompañadas de comidas y bebidas típicas El estremecedor toque de los tambores se funde con los cantos tradicionales, y con líricas modernas y contestatarias del hip hop, y los bailes en los que se invoca a los orishás, (deidades africanas) hasta alcanzar el trance habanero.

Trinidad

La tercera villa que fundaron los españoles en Cuba está ubicada en el centro sur de la isla, a cinco horas de La Habana, en el estado de Sancti Spiritu. Fue fundada por el adelantado Diego Velázquez en 1514. Trinidad, donde los días marchan al ritmo de carruajes tirados a caballo, heredó el esplendor de la época dorada de la industria azucarera. Las distinguidas y opulentas casonas y las iglesias remiten al patrimonio arquitectónico colonial heredado de aquellos tiempos de bonanza económica para los hacendados.

El casco histórico de la ciudad está considerado entre los mejor conservados de Latinoamérica, un baluarte que le valió el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco en el año 1988. Es un sitio de caserones suntuosos y casitas simples, bajas, de color pastel; iglesias, la Plaza Mayor y otras plazas menores, museos. Playas de aguas claras, tibias, caribeñas. Selva, sierras, cascadas. Y mucha rumba. Hay dos sitios señalados para escuchar, y bailar, música en vivo: la Casa de la Música y la Casa de la Trova.

La Plaza Mayor funciona como inevitable referencia para recorrer esta ciudad de poco más de cincuenta mil habitantes y cadencia pueblerina. La Torre del Campanario del Convento de San Francisco, situado justo enfrente, resulta el mejor lugar para darse una idea del entorno. Hacia un lado, los adoquines se pierden en un mato verde que da paso a las míticas sierras del Escambray, allí donde el Che Guevara instalara un campamento en tiempos de la revolución. Hacia el otro, Trinidad se funde con el mar, en las playas de arenas fina y aguas tibias de color esmeralda en la Playa de Ancón.

A Trinidad le dicen la ciudad museo, ya sea por su estado de conservación como por la buen cantidad y calidad de museos esparcidos por acá: el Museo de Historia, el Museo de Arqueología Guamuhaya, y el Museo Romántico, resguardan el legado colonial.

Camagüey, la ciudad de los cines y los tinajones

«Quien toma agua del tinajón, o se queda o regresa», suelen decir por aquí. Los tinajones son el sello de esta ciudad, conocida por estas enormes vasijas de barro que, en épocas de sequía, durante los tiempos coloniales, se usaron para acopiar agua. La puerta de entrada al oriente cubano es esta ciudad apacible y pequeña.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2008, Camagüey fue una de las primaras villas fundadas por los colonos españoles en el continente, en 1514, cuando fue bautizada con el nombre de Santa María del Puerto del Príncipe, hasta que en 1903 cambió aquel nombre por el actual, que le debe al cacique Camagüebax, quien dominaba la porción de tierra entre los ríos Tínima y Hatibonico, el sitio donde se construyeron las primeras casas. Camagüey tiene uno de los cascos históricos mejor conservados y el más extenso de la isla: atesora iglesias y coloridos caserones con techos de tejas en cuyos patios coloniales se pueden ver los famosos tinajones. Tiene, también, la calle Funda del Catre, la más estrecha de Cuba.

La ciudad tiene un puñado de santuarios y plazas rodeados de construcciones en estilos eclécticos, que van del barroco al neorrealismo. En el punto más céntrico, está la Plaza de los Trabajadores, donde está ubicada la Iglesia de La Merced, y sobre la misma peatonal Ignacio Agramonte; a un par de cuadras, está emplazada la Iglesia de la Soledad. Unas calles más abajo, encontramos la Plaza Ignacio Agraomonte, con una estatua del líder en el centro, y enfrente la Catedral Nuestra Señora de la Candelaria.

Alrededor, hay un puñado de barcitos y La Casa de la Trova, que por las noches se enciende con música en vivo. Un poco más alejada, está la Catedral Metropolitana, y aún mas, la iglesia San Juan de Dios, una de las edificaciones más antiguas y mejor conservadas, que se erige en la Plaza San Juan de Dios, un punto emblemático de la ciudad. La Iglesia Nuestra Señora del Carmen está, justamente, en la Plaza del Carmen, una de las mas suntuosas de la ciudad.

Camagüey tiene una rica tradición artística: fue el primer sitio de Latinoamérica donde los hermanos Lumiere proyectaron su revolucionario invento: el cinematógrafo. Y desde ahí ha quedado impresa una larga tradición cinéfila: la ciudad es sede del Festival de Crítica, del Festival de Video-Arte y subsede del Festival de Cine Francés. Por eso tiene una calle dedicada en honor al cine «La calle de los cines». Aquí hubo, en los tiempos de mayor esplendor, una buena cantidad de salas, y aunque hoy solo quedan dos, los comercios de esta curiosa callecita llevan nombres alusivos a clásicos de la cinematografía mundial: hay una barbería que se llama El Marido de la Peluquera, está la cafetería La Dolce Vita, y el cine Casablanca.

Santa Lucía, una playa apacible

A 110 kilómetros de Camagüey se encuentra esta playa típicamente caribeña; de aguas mansas y turquesas, arenas blancas y finas, palmeras y cocos. Alejada del circuito turístico tradicional, es muy buscada por los adeptos al buceo: atesora una extensa barrera de coral que hace de este vergel una piscina natural gigante de aguas cálidas, ideal para bucear, hacer snorkel y hasta ¡nadar con los tiburones! Sí, esta es una de las actividades más buscadas por estas costas con 20 kilómetros de playa donde el mar tiene una profundidad máxima de 3 metros entre la barrera y la línea de costa.

Santa Lucía no tiene un centro propiamente dicho, casi no hay nada fuera de los cuatro resorts All Inclusive -de los más económicos de la isla- que se alinean, uno al lado del otro, en una franja de la playa de este pueblo de pescadores. Un tanto alejada de esta zona se encuentra la Playa de la Boca, también conocida como Playa de los Cocos, una pequeña bahía solitaria, uno de eso paraísos de postal.

Como aquí no hay infraestructura, -salvo algún que otro alojamiento precario en casas de familia, resulta en un gran paseo diario. Para llegar se puede tomar un pintoresco carruaje tirado a caballo, y viajar hasta este rincón aún más alejado, que bien vale la pena visitar.

El cochero lo deja a uno y vuelve a buscarlo hacia el final del día. Se puede almorzar por un precio muy económico – langosta sobre todo- en alguna casa de familia. Después, no hay mucho por hacer, más que relajar y gozar.

Informe y fotografía
Guido Piotrkowski

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