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25/08/20   |   Viajes

Tres estancias para hacer turismo rural en Buenos Aires

Para descansar, pasear a caballo, andar en carruaje, participar en fogones y disfrutar de los tradicionales asados argentinos

Guido Piotrkowski Redacción
Guido Piotrkowski

A la hora de pensar en estancias para hacer turismo rural en Buenos Aires, nos encontramos con una combinación de propuestas desde simples e históricas, hasta más sofisticadas y tradicionales: el asado y las tortas fritas; los paseos a caballo y la destreza criolla; la música y las danzas nativas; arrear el ganado, ver una pialada, andar en carruaje, participar de una guitarreada junto al fogón o ver a los gauchos haciendo destrezas criollas; también andar en bicicleta, visitar una granja, caminar por el parque y descubrir la fauna; refrescarse en una piscina o en un tanque australiano como se solía hacían antiguamente; y, por supuesto, disfrutar de las tareas del campo.

En CONOCEDORES.com presentamos tres estancias para hacer turismo rural en Buenos Aires.

EL OMBÚ

Diego Biaggio pertenece a la cuarta generación de una familia alemana que compró las tierras que ocupa la Estancia El Ombú, un sitio del que disfruta desde que era niño, en San Antonio de Areco, a poco más de cien kilómetros de Buenos Aires. Por acá se celebra cada 10 de noviembre la Fiesta de la Tradición, que recuerda el natalicio de José Hernández, autor del Martín Fierro, el clásico por excelencia de la literatura gauchesca.

Un ombú centenario que cobija con su sombra a los turistas durante la siesta, le da el nombre a la estancia, que pertenece a la familia desde 1934, aunque el casco original es de 1880. Las construcciones estaban descuidadas, la familia quería realzarlas, y encontraron en el turismo la excusa perfecta para hacerlo redituable. Así, en 1993, en tiempos en que no abundaba el turismo enArgentina ni en esta zona rural, fueron pioneros.

El frente y la estructura se mantienen intactos, se cambiaron algunos techos, y otros espacios como la antigua cocina o los puestos donde dormían los peones se transformaron en alguna de las doce confortables habitaciones. El antiguo tanque australiano – un sitio donde se almacenaba el agua- es ahora una preciosa piscina alejada del casco. Desde aquí se puede disfrutar de imponentes puestas de sol, típicas de la llanura pampeana.

De las trescientas hectáreas que ocupa la estancia, doscientas se dedican a la ganadería y cien a la agricultura, mientras que en seis hectáreas funciona el emprendimiento turístico, que suele recibir alrededor de cien personas que llegan en tours desde Buenos Aires. Se prepara un asado pantagruélico que incluye cortes de carne vacuna y de cerdo, achuras, ensaladas varias y un Malbec mendocino, etiquetado especialmente para la estancia.

Más tarde, se hace un show de folklore. Un cantor rasguea la guitarra, los bailarines invitan a huéspedes y visitantes a bailar y les enseñan pasos nativos. Sobre el final se hace una demostración de «Doma India», una manera sutil y cariñosa de amansar al animal, que se diferencia de la doma de raíz europea en que no intenta doblegar su voluntad, sino conquistar su corazón. Al caballo se lo amansa con amor, lejos del modelo que impera en el campo argentino, en el que se le enseña al animal a golpes de rebenque. Quienes deciden pasar las noches acá, además pueden salir a andar a caballo, o pasear en los carruajes por este entorno suavemente salvaje de la pampa bonaerense.

VILLA MARÍA

La Estancia Villa María (foto principal) es un fiel reflejo de la Belle Epoque. Fue fundada a fines del siglo XIX por Vicente Pereda, un ganadero español que construyó un caserón de dos pisos de estilo francés. A su lado aún están las caballerizas de la misma época, que hoy se utilizan como salón de fiestas, y el tanque de agua original, sobre el que se posa la antena de DirectTV.

Pero fue su hijo, Celedonio Perea, quien en 1919 mandó a construir el fastuoso palacete del estilo de origen inglés Tudor-Normando que se terminó en 1927, donde funcionan hoy las once habitaciones destinadas a este alojamiento de lujo ubicado en la localidad de Ezeiza, a una hora de la capital Argentina y a veinticinco minutos del aeropuerto internacional.

El arquitecto fue el célebre Alejandro Bustillo, conocido por haber erigido el icónico hotel Llao LLao de Bariloche, entre muchas otras obras de relieve en Argentina por esa época. Acá se mezcla lo moderno con lo antiguo, con la idea de mantener todo lo que es origina.

Frente al palacio se abre un enorme y cuidadísimo parque con más de trescientas especies arbóreas diseñado por Benito Galdós, discípulo del gran paisajista Carlos Thays. El jardín se puede visitar en profundidad a través de un «paseo botánico» con un mapa diseñado especialmente para conocer las especies.

En este parque precioso hay también un lago artificial habitado por una familia de patos que despierta la curiosidad de los niños que corretean por el césped y una piscina. La estancia tiene seiscientas cincuenta hectáreas, pero ya no se trabaja ni la ganadería ni la agricultura, sino que los dueños actuales hicieron un barrio privado. En el jardín descansan los caballos y el peón a cargo, a la espera de los huéspedes que quieran salir a pasear a caballo o en carruaje por los senderos de tierra que se abren entre los centenarios eucaliptus, plátanos, pinoteas y hasta una araucaria, rara avis en estas pampas.

La comida en Villa María es de campo y casera», aunque la noche se «gourmetiza» un poco más. Al mediodía puede tocar un bife de chorizo, con empanada de carne cortada a cuchillo, y flan con dulce de leche. El asado, para los fines de semana.

En esta estancia se pueden tomar clases de polo, aunque tanto esta como otras actividades – equitación, show en vivo de folklore y doma india; clases de golf y tenis, vuelo en globo aerostático – tienen un costo adicional. En cambio, hay bicicletas a disposición para salir a pedalear libremente.

LA FORTUNA

Este alojamiento rural está ubicado en la localidad de Salto, en la Provincia de Buenos Aires, a doscientos kilómetros de la capital. Conocida como el Palacio de las Pampas, y fundada en el año 1873, perteneció originalmente a la familia Estrugamou. Se trata de una construcción típicamente francesa – también de la Belle Epoque-, diseñada por el arquitecto francés Le Bergere. En el interior de la casona de tres plantas, que fue construida en el año 1902 y restaurada en el año 2008, se destaca una imponente escalera de mármol que conduce en el subsuelo a una cava selecta, y un piano de media cola a su lado. El palacio cuenta con ocho amplias habitaciones con detalles de época, un microcine, un bar y una buena colección de obras de arte. Afuera, inequívocamente gala, se alza la cúpula, que desentona con este paisaje manso, sin estridencias: es el emblema de La Fortuna, y fue traída desde Francia en barco.

Las estadías son exclusivas para grupos de hasta dieciséis personas. El concepto es que tomen la casa entera con todos sus servicios, sus comidas, y el staff trabajando para los huéspedes de turno. Esa es una idea y un concepto del italiano Massimo Ianni, uno de sus propietarios, un reconocido hotelero formado en Suiza. El otro dueño es Hernán Olmedo, empresario agropecuario de la provincia de Salta. Aunque no se ocupa del turismo, cuando está por aquí para descansar saca a pasear en su Rolls Royce modelo ’73 a los visitantes hasta la pulpería que compraron en el año 2015 en el vecino pueblo de Berdier. Es una propiedad muy antigua, que fue reformada emulando las antiguas pulperías bonaerenses. Es un lugar mucho mas rústico que la proiedad y la usan como extensión de La Fortuna para hacer algo bien campestre. Durante las estadías, la idea es que los visitantes pasen una tarde aquí. Se sirve un té o un aperitivo, y siempre habrá un cantor con guitarra en mano, o el pianista que también toca en el palacio. Si se hace de noche, se enciende un fogón.

Otra alternativa es llegar hasta aquí en alguno de los vistosos carruajes antiguos. Quien los conduce es «Don Chaza», un gauchazo sesentón, de bigote tupido y cabellos blancos al viento, la piel morena curtida por el sol. Un hombre con estampa de campo. Chaza es, también, quien recibe a los huéspedes apenas atraviesan la tranquera. Porta siempre una bandera argentina y de las nacionalidades que visiten la estancia, monta un caballo peruano que trota suavemente marcando el paso y el camino que conduce a la puerta del palacio, dentro de una galería de eucaliptus centenarios. En definitiva, Don Chaza es una institución por aquí. Aunque no habla idiomas, y el español lo dice bajito, cerrado, el hombre se las arregla para comunicarse con todo el mundo.

Don Chaza se ocupa de los caballos, y participa junto a otros peones de la demostración del juego de la sortija, un entretenimiento ecuestre típicamente criollo, en el que el jinete debe embocar el palillo que lleva en su mano dentro de una argolla que cuelga de un arco del tamaño similar a uno de fútbol, galopando a toda velocidad. La demostración se hace frente a la mesa que se dispone para almorzar o merendar, bajo la sombra de unos cipreses. Para el almuerzo, en general, se sirve asado con verduras grilladas, ensaladas, un mousse de dulce de leche que es la especialidad de Estela, la cocinera.

En La Fortuna, además de los caballos y carruajes, hay una piscina, bicicletas, una huerta con una extraña parra de kiwi para estas latitudes y muchas flores; un «laboratorio» donde sedan clases de cocina y se producen conservas.

Informe y fotografía
Guido Piotrkowski

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