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Así es Titicaca, el lago navegable más alto del mundo: imperdible

Por Guido Piotrkowski

6 de septiembre de 2019

Se extiende por la frontera entre Perú y Bolivia en la cordillera de los Andes. Se dice que es la cuna de los incas y les contamos todos los detalles

El Titicaca es el lago navegable más alto del mundo y el espejo de agua que vio nacer a las civilizaciones collas, tiwanaku e inca, pueblos que fueron pilares de la América precolombina. Pueblos que dejaron vestigios como las chullpas de Sillustani, un cementerio con cámaras funerarias hechas de impresionantes torres con forma de cono invertido. Pueblos que subsisten gracias al turismo comunitario, como los Uros, que viven en sus islotes hechos del junco de la totora; y los habitantes de la isla de Taquile, que hicieron de sus preciosos tejidos un Patrimonio de la Humanidad.

Sillustani, las torres funerarias

Mucho antes de su fundación, y también de que ciertas comunidades se establecieran definitivamente, Puno fue un lugar de paso en las rutas comerciales de los pueblos precolombinos. Su nombre viene del vocablo quechua Puñuy Pampa, que significa “lugar de descanso”.

Erigida al borde del lago Titicaca, cerca de la frontera boliviana, Puno funcionaba como una posta para los arrieros que mercadeaban a través de las rutas comerciales que los pueblos originarios andinos trazaron desde Ecuador al norte de la Argentina. Por acá anduvieron, y luego se instalarían, diversas civilizaciones tiempo antes de la llegada de los colonizadores.

Primero fueron los pucarás, luego los collas, mas adelante los tiwanakus provenientes de Bolivia y por último los incas. Todos ellos eligieron como cementerio el mismo cerro en Sillustani, un poblado a treinta kilómetros de la ciudad.

El lugar es hoy un impresionante sitio arqueológico que se destaca por sus majestuosas chullpas o torres funerarias que son únicas en todo el mundo.

Se trata de un conjunto de torres de piedra circulares en forma de cono invertido en donde se colocaba a los difuntos momificados y en posición fetal, pero no soterrados, sino al nivel de la tierra. Junto al cadáver dejaban sus pertenencias: utensilios, objetos de oro y plata, alimentos. Una vez al año se reunían todas las momias, les cambiaban las prendas, les entregaban nuevas ofrendas, bailaban y bebían.

En el sitio hay diversos tipos de edificaciones que pertenecen a cada una de las culturas sucesivas y que se pueden diferenciar durante el recorrido. Hay desde tumbas «rústicas», la más bajas, que son del período preincaico (sobre todo collas), hasta mausoleos mucho más sofisticados, con piedras de muchos ángulos perfectamente encajadas y de mayor altura, como las tiwanakus e incas. Las tiwanakus se caracterizaban por el sellado impenetrable entre las piedras, la impronta que habría dado el nombre al lugar. Por su parte las chullpas incas no eran tan herméticas.

Las piedras eran traídas de canteras cercanas, y algunas sacadas de este mismo sitio. Para construirlas, utilizaron un sistema de rampas con sogas: mientras unos tiraban, otros empujaban y otros hacían palanca sobre la base de troncos. Una vez que terminaban esa labor, venía la última etapa, que era el pulido de la piedra. Cada pueblo tenía su propia arquitectura. Mientras los incas usaban piedras talladas, pero cada piedra era diferente de la otra, los tiwanakus buscaban la perfección. Todas las torres debían ser de un solo bloque, y en cada unión tenía que haber un espacio cóncavo, como se puede ver en la tremenda chullpa del Lagarto, la última del recorrido y la más imponente de todas, que resalta con sus doce metros de altura.

Cuando llegaron los españoles profanaron y saquearon todas las tumbas, es por eso que muchas fueron restauradas. Se llevaron en particular las joyas en oro y plata. Lo único que se salvó fueron unas 500 piezas, que forman parte del Tesoro de Sillustani, exhibido en el museo de la ciudad.

Las islas flotantes

La Reserva Nacional del Titicaca es un sitio Ramsar (categoría internacional para la protección de humedales), donde los aguaceros y el sol se alternan sin previo aviso. Acá se encuentran las famosas islas de Totora, en donde habitan los Uros. En cada una de las aproximadamente noventa islas que se yerguen frente a Puno, viven unas cinco familias, que subsistieron históricamente en base al junco de la totora y la pesca, aunque en los últimos tiempos su economía se basa más en la actividad turística. Los visitantes pueden pasar el día y pernoctar en algunas de las casas de juncos y así vivenciar el estilo de vida local.

Acá no hay energía eléctrica, pero desde hace años cuentan con paneles solares, que ellos mismo se financiaron gracias a la floreciente actividad turística. Las islas no parecen moverse o desplazarse, pero cada quince años deben volver a levantar una nueva, porque el junco se desgasta y comienzan a hundirse. Lo mismo pasa con las casas, cada tanto deben reemplazarse paredes y techos. Se trata de un trabajo artesanal, en el que hay que tejer la totora con paciencia infinita y saber ancestral. Se demora un mes en levantar una casa. El techo y la pared duran un año y luego hay que cambiarlo porque se estropea con el sol. La isla también se hace en un año.

La población de Uros ronda los 2300 habitantes, y hay un 40 por ciento que vive en tierra firme. También se los puede encontrar en Bolivia, donde solo viven en tierra firme. Su lengua, de la familia uru chipaya, se perdió casi por completo. En Bolivia algunos conservan su dialecto, pero la mayoría por aquí hablan aymara. Son una población mestiza, hay matrimonios de uros con aymras y quechuas. Es decir, que ya casi no quedan uros de pura sangre.

Patrimonio del tejido

Taquile es una de las pocas comunidades en la que tanto hombres como mujeres aún conservan su vestimenta tradicional, que solo se ve en esta isla, reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial por su arte textil.

Las mujeres usan blusas roja y polleras multicolores, cubiertas con faldas mas amplias y de color negro; se cubren la cabeza con un manto también negro. Los hombres visten pantalones negros y camisa blanca con un chaleco encima, y una faja bordada. El chullo o gorro diferencia a los hombres casados de los solteros, y la forma en como se usa la cola del chullo señala si es casado o soltero.

Taquile es una isla preciosa de 2200 habitantes, con terrazas de cultivo que la pintan de verde, y cuyo punto mas alto está a 4020 metros de altura, mientras que el lago Titicaca está a 3800. En la plaza central, con una vista imponente al lago, está la iglesia, la municipalidad y el local de la cooperativa donde se venden las artesanías, sobre todo los típicos chullos -que pueden ser de alpaca, oveja o vicuña- y las fajas. También son muy típicas las chuspas o morrales, que son usados para llevar la hoja de coca. Los chullos los tejen los hombres y las fajas las mujeres. Cada familia tiene asignado un número que está asociado a su apellido en una lista pegada en la pared. Así reciben el dinero del producto que se vende en la cooperativa.

Acá, como en las islas de los Uros tampoco hay energía eléctrica, sino solar, y gran parte de la población vive, directa o indirectamente, del turismo, algo que no sucedía veinte años atrás, cuando el sustento era la pesca, ganadería y agricultura. Hoy en día, muchos habitantes hicieron de sus casas restaurantes y alojamientos. Además, venden sus tejidos, que a partir del reconocimiento de Unesco se hicieron muy populares y enseñan sus danzas tradicionales, aquellas que son ritos para la Pachamama (madre tierra) y el Tata Inti (rey sol). Son bailes que piden por lluvias y agradecen las cosechas. Porque a pesar de los nuevos aires del turismo, la vida continúa como antaño, a merced de los dioses naturales que reinan en el Titicaca.