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Atacama: Chile tiene el desierto más seco del mundo y es imperdible

Por Guido Piotrkowski

12 de junio de 2019

Lejos de ser inerte, es una zona abundante en energía, gracias a sus acogedoras culturas ancestrales y a los oasis que son fuente de vida en el desierto más árido del planeta

Por la mañana el sol raja la tierra, que aquí es árida como en ningún lugar del mundo. Atacama es un pueblo de calles polvorientas pero prolijas, restaurantes con carteles en inglés y español que ofrecen desde un “breakfast” hasta un salmón o un ceviche a la peruana.

Agencias de viajes que brotan, una al lado de otra, como los mismos géiseres que proponen visitar. Posadas, hostels y hoteles cinco estrellas que pasan desapercibidos tras los muros de adobe. “Tours astronómicos” -el cielo diáfano de aquí es perfecto para la observación de los astros-, excursiones a salares remotos y pueblos perdidos.

Así es la postal siglo XXI de San Pedro de Atacama.

Este coqueto, pintoresco y bien cuidado poblado se encuentra en la tercera región del norte de Chile, a 100 kilómetros de Calama y a 170 kilómetros al sur del paso de Jama, que surca la cordillera a cuatro mil metros de altura y conecta el norte chileno con la Quebrada de Humahuaca, en Argentina. También está pegado a Bolivia, a cincuenta kilómetros del paso Hito Cajon.

Flamencos y salares

Por la ruta que surca la Quebrada de Jeré, camino hacia la Laguna de Chaxa, ubicada a unos 60 kilómetros del pueblo, se puede ver la apabullante cadena volcánica que rodea Atacama. El omnipresente Licancabur, guardián de estas latitudes, el Jurique y el Toco, luego el Pili, y más adelante el Láscar, un volcán activo. Antes de llegar a la laguna, se puede visitar Toconao, un pueblo fantasmal a la hora de la siesta. Hay una pequeña y prolija plaza, y a su alrededor la iglesia y el campanario de San Lucas. También un almacén en la esquina y una calle que se pierde en línea recta hacia el desierto infinito.

Luego de romper con la siesta pueblerina, la excursión continúa rumbo a la laguna, donde están los señoriales flamencos. Aquí habitan tres especies: el andino, el chileno y el de la puna.

360 grados de picos montañosos y volcanes “encierran” el salar que rodea la Laguna de Chaxa, en medio de la Cordillera de Domeyko, el tercero más grande de reservas mundiales de litio. El camino se abre en medio de un terreno tapizado de puntiagudas piedras de sal, que dan al lugar cierto aspecto lunar. La senda se diluye en un mirador, desde donde los flamencos se pueden ver bien cerca. Dos ejemplares de patas largas y cuerpo rosado despegan de la laguna en un vuelo rasante. Su silueta estilizada se recorta ahora contra un cielo diáfano, que en pocos minutos más virará en una paleta de amarillos, naranjas y rosados. El ocaso estalla en el desierto y se replica en la laguna.

El Mar Muerto y el Valle de la Luna

Como todas las mañanas acá, está soleado. En la laguna Cejar, dicen, se puede flotar como en el Mar Muerto. El viaje es corto, unos pocos kilómetros separan el pueblo de este paraje inhóspito. Aunque el sol está fuerte, hay una brisa helada y son pocos los que se le atreven al agua, y flotan en medio de la laguna. A pesar de que está helada, en el centro mana un flujo de agua caliente que transforma la aventura en un spa a cielo abierto.

Por la tarde, el objetivo es el Valle de la Luna, el corazón de la cordillera de la sal. La Tres Marías, El Anfiteatro, La Duna Mayor, y las Cuevas de Sal son algunas de las más atractivas formaciones de este paraje al que se puede llegar, también, en bicicleta. El primer punto del paseo es la formación de las Tres Marías. Luego, el Anfiteatro y sus cavernas, donde hay que encender linternas y andar a gatas.

El recorrido desemboca en un cañadón desde el cual hay una increíble vista del valle. Para el atardecer, el Mirador de la Piedra del Coyote, con su vista espectacular de un anfiteatro natural y los volcanes, es el lugar perfecto para un nuevo y alucinante atardecer atacameño.

Fumarolas al amanecer

La travesía más larga y esperada es la excursión a los géisers del Tatio, un complejo geotérmico que abarca una área de diez kilómetros cuadrados, el grupo de géiseres más grande del hemisferio sur y el tercero más grande del mundo. Hay que partir temprano para poder llegar entre las seis y las siete de mañana, la hora en que las fumarolas son más intensas. Unas dos horas se demora en llegar hasta allá arriba, a más de 4200 metros de altura. Desde lejos, ya se observan columnas de humo que emanan de los geisers. Al llegar, ya está claro y el termómetro marca 15 bajo cero.

Un grupo de siluetas se dibuja a contraluz del sol que se eleva tras las montañas y entre las fumarolas de este rincón, uno de esos lugares únicos en el mundo, que de tan únicos parecen de otra galaxia. Un lugar al que no se vuelve todos los días. Hay que ser precavidos, el agua por acá brota a unos 85 grados, por lo tanto es riesgoso acercarse demasiado a los “hornos” del geiser, que se van formando a medida que expulsa el agua. Más allá, hay unos piletones termales donde unos pocos valientes se atreven a bañarse.

Aunque la temperatura subió un poco y salió el sol, el frío es tremendo en este paraje que parece de otro planeta. Por suerte, pertenece al nuestro.