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02/11/20   |   Viajes

Qué hacer en Puerto Deseado, la Galápagos de la Patagonia Argentina

Fue uno de los lugares que inspiró a Darwin a esbozar su teoría de la evolución. MIradores, Cañadones y pingüinos. Una producción original de Conocedores

Guido Piotrkowski Redacción
Guido Piotrkowski

Puerto Deseado, en la provincia de Santa Cruz, fue uno de los lugares que inspiró a Charles Darwin para esbozar su teoría de la evolución. Un paraje de belleza indómita, donde cada año llegan a anidar los singulares pingüinos de Penacho Amarillo.

“No creo haber visto en mi vida lugar más aislado del resto del mundo que esta grieta rocosa en medio de tan dilatada llanura”, escribió el naturalista inglés en su libro “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”, cuando llegó a Puerto Deseado en 1833, a bordo de la fragata HMS Beagle, al mando del capitán Robert Fitz Roy.

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LOS MIRADORES

Fue en Los Miradores de Darwin el punto exacto donde habría escrito buena parte del diario, un rincón fantástico con vista privilegiada a la ría Deseado, un curso de agua que desorientó a muchos navegantes en busca del paso al oeste. En 1520 Hernando de Magallanes navegaba buscando un estrecho para dar la vuelta al mundo, y creyó descubrirlo aquí, cuando encontró este curso de agua salada en dirección oeste. Pero se confundió, ya que no era un estrecho ni un canal, era una ría. Diez mil años atrás, durante la última glaciación, el río Deseado abandonó su cauce natural, el mar lo invadió, y formó así la Ría Deseado, única en Sudamérica, hoy una Reserva Natural Provincial, declarada Reserva Natural Intangible.

Para llegar hay que surcar la estepa infinita, donde cada tanto aparece algún guanaco solitario, animales en los que Darwin reparó especialmente. La flora autóctona es baja y rastrera, y en el trayecto se distinguen el calafate, el coirón, mata negra, mata verde y poa, el alimento preferido de las ovejas.

Existen dos maneras de llegar a los miradores: por tierra o por agua, en una incursión por la ría en medio de los cañadones. El camino del agua, adentrándose en el espectacular cañón del río Deseado, es mas complejo porque depende del ritmo fluctuante de las mareas. Es una excursión larga que permite acceder a las cuevas donde hay pinturas rupestres, para luego subir andando hasta los miradores.

La “puerta” de ingreso terrestre a los Miradores es a través de la estancia La Aurora, un campo de ocho leguas que no deja otra alternativa. Un buen rato después se llega al tope de los miradores, el punto justo donde Darwin se sentó a contemplar este paisaje, tan bello como inhóspito. La vista desde acá es, sencillamente, espectacular. La ría, ahora seca, serpentea por el cañadón de piedras rojizas dejando a la vista un terreno arcilloso.

Por acá deambulan ñandúes con sus crías, que a veces se confunden en la vegetación. Edward Martens, quien fue el dibujante de la expedición, eternizó este paisaje en su pintura “La Ventana”, una gran roca que se divisa a lo lejos. Pero no hay una vista mejor que otra, cualquier punto donde uno se detenga regala un panorama memorable.

POR LOS CAÑADONES

La fauna marina es, sin dudas, uno de los atractivos más deseados. Una buena opción para su avistaje consiste en hacer una excursión embarcada. El primer tramo de la navegación es en dirección a la Isla Chaffers, que no es en realidad una isla, sino una península que en marea alta forma una isla, y así figura en las cartas. Durante la navegación se ven toninas overas, y más adelante se avista una numerosa colonia de pingüinos de Magallanes, la más grande de toda la ría, donde se cuentan más de 30 mil ejemplares. Entre las aves se pueden ver ostreros, gaviota cocinera, patos vapor y pato crestón.

Más adelante, navegando rumbo al interior de la ría, hacia la isla Elena, que es conocida también como la “Barranca de los Cormoranes” un acantilado donde nidifican el cormorán gris y el roquero. También se puede ver el cormorán Imperial, que tiene la colonia más grande de Sudamérica, unos doce mil ejemplares en la isla Chata, y cada tanto se acercan a alimentarse hasta aquí. Además, hay ostrero negro, gaviota gris, y garza bruja, un ave difícil de avistar. Luego el recorrido sigue por la Isla Larga, donde hay una pequeña colonia de gaviotines sudamericanos, que interactúan con los cormoranes y donde reposan los lobos marinos.

Finalmente, se llega a la Isla de los Pájaros, para desembarcar en su playa de canto y caminar junto a un sinfín de pingüinos de Magallanes que aprovechan la zampa, un arbusto que cubre la mayor parte de la isla, para construir sus nidos. Sobrevuelan un montón da gaviotas, y entre la escasa vegetación se ven algunos ostreros que se destacan fácilmente por su pico rojo anaranjado.

La ría se puede disfrutar también por tierra, en un circuito por los cañadones, que se puede recorrer en bicicleta, caminando o en vehículos en un paseo por el cañadón Torcido, que tiene una linda panorámica de la ría y termina en el cañadón del Indio, donde hay una colonia de cormoranes.

INCURSIÓN A LA ISLA PINGÜINO

La isla Pingüino fue declarada Parque Interjurisdiccional Marino el 15 de febrero de 2010. Y aquí llegan, año tras año, los peculiares pingüinos de Penacho Amarillo, que se destacan por su cresta, las cejas amarillas, el pico naranja y sus ojos rojo fuego. Ellos son las mascotas oficiales de Puerto Deseado, las figuras indiscutidas en medio de este vergel de fauna marina.

A una hora de zarpar, el semirrígido se detiene primero en un promontorio rocoso para ver una colonia de lobos marinos. Poco después, se desembarca en este lugar inhóspito donde los navegantes de la Real Compañía Marítima española llegaron a matar más de 30 mil lobos. El aceite, que se utilizaba para encender velas en una época en que no había corriente eléctrica, era un negocio muy redituable.

Se destaca un faro rojo y blanco ajado y aún se ve la caldera que usaban los navegantes de la real compañía, y la casa del torrero. Hay un sendero para caminar entre un sinfín de pingüinos de Magallanes que parecen más que habituados a la presencia del hombre. Despreocupados, se cruzan en el camino A lo lejos, un grupo en hilera surca una praderita rumbo al mar, mientras al borde del sendero algunos otros cuidan sus huevos de las temibles skúas.

Al otro lado de la isla, se encuentra el cañadón donde anidan los penachos, entre rocas de un color rojo desteñido, cubiertas con manchones de huano. Acá, el mar refleja un azul intenso. Un nutrido grupo de penachos aparece entre las rocas, y capta la atención de todos. Hay quien se atreve a estirar la mano y ensayar una caricia. Hay quien posa a su lado. Hay quien contempla en silencio, emocionado. Hay quien se revuelca en las rocas para fotografiarlos. Hay quien se asusta con las escaramuzas que arman entre ellos, celosos de su territorio.

La colonia del pingüino más pequeño de la especie tiene alrededor de tres mil ejemplares que vienen a copular y dar a luz en estas tierras, hasta el mes de abril, cuando se sumergirán, una vez más, mar adentro.

Informe y fotografía
Guido Piotrkowski

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