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10/09/20   |   Viajes

¿Qué visitar y hacer en un viaje a Montevideo?

La capital de Uruguay es una ciudad amena, en donde hay que dejarse llevar y perderse en lugares como la Ciudad Vieja o echarse a descansar en el Parque Rodó

Guido Piotrkowski Redacción
Guido Piotrkowski

No hay nada más apacible que deambular por Montevideo, una ciudad que convoca al viajero que disfruta de andar a paso lento. Una minimetrópolis que balconea al encuentro del río con el Oceáno Atlántico. La capital de Uruguay es una urbe amena, en donde hay que dejarse llevar y así perderse en la Ciudad Vieja, echarse a descansar en el Parque Rodó, y visitar la Feria Tristán Narvaja un domingo. ¿Qué visitar y hacer en un viaje a Montevideo?: desde la extensa rambla a sus encantadores y apacibles barrios y sus increíbles edificios art déco.

LA CIUDAD VIEJA Y EL MERCADO

El Mercado del Puerto es un viejo galpón diseñado en Liverpool, inaugurado en 1868, y reciclado en 2008. Es el sumun del carnívoro: las parrillas rebosan de humeantes cortes de carne, donde hay que probar la pamplona, la especialidad local, una lonja fina de pollo, lomo de vacuno o cerdo rellena con pimientos, queso mozzarella, jamón cocido y aceitunas, enrollada a la parrilla. También es menester beber el infaltable y clásico Medio y Medio, un vino de corte producido a partir de la mezcla de vino espumoso dulce y vino blanco seco.

Frente al puerto y el histórico edificio de la Aduana, está el Museo del Carnaval, un gran lugar para entender de que va la fiesta más importante de Montevideo.

La Ciudad Vieja es el corazón de Montevideo, un barrio de edificios icónicos, museos, cafés, restaurantes, librerías, anticuarios, locales de diseño, y pequeños hoteles. Las murallas del casco histórico fueron levantadas en 1741 y comenzaron a demolerse en 1829, pero aún quedan vestigios en la rambla sur y la rambla portuaria. Como la Puerta de la Ciudadela, que conectaba el fuerte con la ciudad colonial, ubicada entre la Plaza Independencia y la peatonal Sarandí.

En diagonal, ubicado en la frontera invisible de la Ciudad Vieja y el centro montevideano, frente a la Plaza Independencia, otro icono de la ciudad, está el Teatro Solís, principal coliseo uruguayo, un precioso edificio de estilo neoclásico, que fue inaugurado en 1856 con la ópera Ernani de Verdi.

En la ciudadela, además, hay bellísimos edificios históricos de estilos diversos, como consecuencia de las diferentes corrientes inmigratorias: Colonial, Neoclásico, y sobre todo Art Decó. Se dice que Montevideo es, junto a Nueva York, una de las ciudades con mayor cantidad de construcciones de este estilo. Se destacan el Museo Torres García, el edificio Alamar, el de la Aduana, o el Palacio Rinaldi. Mientras que el Palacio Salvo, de estilo ecléctico, es el más llamativo de la ciudad. Monumento Histórico Nacional desde 1996, está ubicado frente a la Plaza Independencia.

Tiene 95 metros y 27 pisos, y fue el segunda torre más alta de Sudamérica entre 1928 y 1935, luego desplazado del segundo al tercer puesto por el edificio Kavanagh de Buenos Aires. Todos los días se organizan visitas guiadas diurnas y nocturnas en las que se cuentan mitos y leyendas de este icono Montevideano.

MONTEVIDEO ART DÉCO

Frizo y bajorelieves, diseños geométricos, facetados, acanalados. Pisos de mármol, frentes de granito, balcones de concreto y portones de rejas ornamentados. Estructuras escalonadas que pugnan por llegar bien alto.

La Exposición de Artes Decorativas e Industriales Modernas de París en 1925, fue el marco que dio inicio a esta corriente que abarcó también el diseño interior, gráfico e industria y las artes visuales.

«La arquitectura te habla» dice Marta Sabetay, especialista en Patrimonio Arquitectónico, frente al Yacht Club de Montevideo, en el Puerto de Buceo. La sede del club es uno de los dos mil exponentes de la corriente del Art Decó local. No es poco si se la compara con Miami, que con unas mil edificaciones del estilo, es un icono mundial desde que en los años setenta rescató aquel tesoro en decadencia. O con Nueva York, que lleva como estandarte los rascacielos del Empire State, el Rockefeller Center o el edificio Chrysler.

Claro que en Montevideo todo se presenta en otra escala. Los edificios emblemáticos, como el Palacio Díaz, no son tan rimbombantes ni trepan tan alto como sus pares de la Gran Manzana; y las construcciones en estilo náutico, como el Yacht Club, carecen de los tonos pastel que caracterizan a los de Miami. En el Art Decó uruguayo, la falta de colores es total.

La arquitecta Sabetay, y su socia Silvana Credidio, diseñaron un proyecto para señalizar con baldosas los hitos del Art Decó en la Ciudad Vieja. Además, crearon el Art Decó Tours, circuitos personalizados que transitan el Puerto del Buceo a Pocitos, el Parque Rodó, la Avenida 18 de julio y la Ciudad Vieja.

CANDOMBE EN EL BARRIO SUR

A fines del siglo XVIII, el 35% de la población de Montevideo era descendiente de africanos: el puerto de la ciudad era la única vía de entrada de esclavos al Virreinato del Río de la Plata. En ese contexto nació el candombe (ritmo que se logra con tres tambores de distinto tamaño) en los barrios de los conventillos, como un claro intento de preservar las raíces africanas.

En la actualidad, los afrouruguayos representan entre 6 y 9% de la población total. La mayoría vive en el barrio Sur, muy cerca del centro, donde nació y subsiste el ritmo africano. Uno de sus más antiguos habitantes es Lobo Núñez, percusionista y luthier de tambores, quien vive en la misma casa que sus abuelos adquirieron en 1837. Allí en el taller Power, fabrica junto a sus hijos tambores que son buscados por músicos de todo el mundo. Núñez toca con Rubén Rada, principal referente del candombe afrouruguayo. El candombe resuena en las calles los domingos y sobre todo en los desfiles de Llamadas de Carnaval, y además, desde el año 2009 es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

BABELIA

«Antes, la feria era cien veces mas grande. La gente iba agarrada de los hombros. Para caminar una cuadra, tardabas quince minutos», recuerda Arsenio Acosta, dueño de Discómoda, un histórico local de venta de discos nuevos, usados, y otras rarezas ubicado en plena calle Tristán Narvaja, el corazón de la histórica feria montevideana.

Ir a la feria Tristán Narvaja es un ritual dominguero que se repite desde 1909.

Desde el alba hasta las 3 de la tarde, las calles se ven abarrotadas, el sitio se parece más a una procesión que a un paseo de compras. La feria es un gran gentío donde no cabe un alfiler, un entramado de puestos que se extiende por más de diez calles sobre la Tristán Narvaja y sus arterias laterales.

Es un lugar donde se consiguen desde frutas y verduras a los objetos más extravagantes. La lista es infinita, eterna, ecléctica. Además de los anticuarios, librerías, disquerías y bares en las esquinas, este paseo imperdible, que comenzó como un mercado frutihortícola, hoy es como abrir un cofre lleno de objetos extraños, una caja de sorpresas, un universo transporta al viajero a tiempos remotos.

Hay artesanos y revendedores, hay quien se acerca, pone una mesita y vende las cosas que ya no usa. Hay libros, cd’s, discos de pasta, antigüedades, luminarias, juegos y muebles. Si hasta mascotas se pueden hallar en este mercado callejero que permanece inalterable al paso del tiempo.

LA RAMBLA Y LOS PARQUES

La rambla es «el» lugar para andar en bicicleta, caminar, y dejarse llevar por la brisa marina desde la Ciudad Vieja hasta la Playa Ramírez. Enfrente está el Parque Rodó, 43 hectáreas de verde, el pulmón de Montevideo, que tiene un lago artificial donde se puede pasear en lancha a pedal, pista de patinaje, un parque de diversiones y una pérgola donde los tangueros despuntan el vicio. Cerquita, están el Teatro de Verano, donde se hace la competencia oficial del carnaval, y el Museo Nacional de Artes.

Desde acá, hay que hacer unas veinticinco cuadras más hasta el Parque Batlle, otro de los rincones donde disfrutar de una bocanada de aire puro, donde se encuentran el Estadio Centenario y el Velódromo Municipal. Se puede regresar lentamente al centro y Ciudad Vieja, merodeando por los barrios residenciales de Buceo y Pocitos, con sus calles comerciales, bares, restaurantes, y las playas más lindas de la ciudad. Un poco más adelante, el barrio de Punta Carretas se distingue por su faro, ubicado en la Punta Brava, que marca la línea imaginaria que divide el Océano Atlántico del Río de la Plata.

Informe y fotografía
Guido Piotrkowski

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